Después de Hampi, no pensé que volvería a viajar hasta las vacaciones de diciembre, debido sobretodo al tiempo que tengo que dedicar al trabajo y los proyectos en la fundación, sobre los cuales haré una publicación más adelante.
Esta vez, y gracias a la invitación de Paula, una amiga voluntaria, pude viajar a Bylakuppe, uno de los asentamientos tibetanos más grandes e importantes en la India.
Todo comienza con un viaje nocturno en un autobus de asientos diminutos y con una pelea entre pasajeros disgustados y el controlador. Típico. Llegando a las 5:30 am y sin haber dormido mucho, me encuentro con Paula, Steffi y Anna en un pueblo llamado Kushalnagar, muy cerca de Bylakuppe, en donde tendríamos que pasar la noche, pues todo extranjero necesita un permiso especial del gobierno para dormir en el pequeño Tíbet, el cual demora en tramitar, en promedio, 6 meses. Típico.
Es así que aprovechamos el día desde las 6 am, y después de tomar un rickshaw, la niebla y el frío (junto con un paisaje inesperado parecido a Machachi) nos dan la bienvenida al pueblo. Coloridos banderines de oraciones cuelgan de todas las terrazas y balcones del vecindario, pues según las creencias y tradiciones budistas, (y reflejo de profunda espiritualidad) el viento es el encargado de llevar consigo las bendiciones y buenos deseos en ellas escritas a la población entera. Compré unas cuantas, pues además de que me cautivó su significado, necesitaba decorar de cierta forma mi habitación, hasta el momento vacia.
La atracción principal del pueblo es el "Templo Dorado", el cual contiene estatuas gigantes de oro de Buddha, decenas de telares y murales con intrincados diseños, que junto con el monasterio y los monjes residentes en sus característicos hábitos rojos y amarillos, hacen de este un lugar especial.
Por todo lo que logramos visitar y experimentar en este pequeño y acogedor pueblo, espero sin duda, regresar próximamente y conocer más a fondo sobre esta gente, que sonríe junto con sus niños cada vez que nos ven pasar por esas angostas calles.
Pd: De regreso teníamos que parar en Mysore para tomar el tren hacia Bangalore. Gracias a Dios, mi segundo viaje en estos dichosos ferrocarriles fue mucho más cómodo. Al menos fuimos sentados.
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